20/09/2017 | CIENCIAS SOCIALES Y HUMANIDADES
Perspectiva de género para una Justicia más justa.
Entrevista con Dora Barrancos en el marco del Programa Ciencia y Justicia. “El objetivo mayor es contribuir a hacer más digna la condición humana”
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Foto: Gentileza TSJ

El día 11 de septiembre pasado se realizó en Córdoba el segundo conversatorio sobre temáticas relacionadas a perspectiva de género, organizado por la Oficina de Vinculación Tecnológica (OVT) del CONICET Córdoba y la Oficina de la Mujer del Superior Tribunal de Justicia (TSJ). Esta iniciativa llevada a cabo a través del Programa Ciencia y Justicia, busca vincular a los agentes encargados de la aplicación de justicia con los desarrollos científicos y tecnológicos producidos en la provincia. (Ver más)

En esta ocasión tuvo lugar una disertación a cargo de Dora Barrancos, investigadora principal ad-honorem del CONICET y miembro del directorio de esta institución. La investigadora es un referente tanto a nivel nacional como internacional en materia de estudios de género y en esta entrevista habla sobre los diferentes vínculos -existentes y deseables- entre la ciencia y otros dominios de la vida pública, teniendo en cuenta el objetivo mayor que los orienta.

– ¿Qué implica una mirada con perspectiva de género?

– Es un punto de vista que no supone ninguna neutralidad respecto de la formulación de las relaciones sexo-generizadas: las polaridades nunca son equivalentes y en la división varónmujer hay una regencia del orden masculino. Entonces la perspectiva de género tiene que abrirse paso en torno a eso que parece imparcial y sin embargo está cargado de valor y de sentido. Debe desmontar esa pretendida neutralidad masculina y abrir un cauce para la percepción de las especificidades igualmente equivalentes de la condición humana.

– Esto implica redefinir lo femenino y lo masculino, pero también da lugar a otras configuraciones…

-Desde luego. No hay polaridad de género sino que se abre un amplio arco de posibilidades sexo-genéricas. No hay esencial en el ser masculino ni en el ser femenino, hay una desorganización de esas oposiciones dando lugar a una serie de intersecciones o juegos de posibilidades en dónde se pueden articular muchísimas alternativas.

– ¿Existen vínculos entre la academia y los movimientos sociales en esta área?

– En algunos países, por ejemplo Estados Unidos, son prácticamente inexistentes. Sin embargo en América Latina –incluida la Argentina-, la relación es ínsita. Las manifestaciones académicas que procuran exhibir la denostación que han sufrido las mujeres, los excluidos por su condición de sexualidades, ligan inmediatamente a un cierto trayecto político. Los objetos que trabajamos nos fuerzan a la politización de los vínculos. Esto ha hecho muy fructífera también la relación entre la gestación de derechos por parte de personas implicadas y la cooperación que ha brindado la academia.

– ¿Hay algunos ejemplos concretos sobre esto último?

– Hay tres casos emblemáticos. El primero es la Ley 26.485 contra todas las formas de violencia contra las mujeres, la segunda podría ser la de matrimonio igualitario y, finalmente la de identidad de género. En todos los casos la militancia –LGTBQ, feminista, etcétera-, que a veces venía de décadas atrás-, encontró una absorción, sistematización y reconceptualización por parte de los aportes teóricos que tuvieron una llegada muy efectiva en los diversos debates que concluyeron en la sanción de estas iniciativas.

– ¿Y cuál es el vínculo entre perspectiva de género y Derechos Humanos?

– Uno de los elementos estratégicos propuestos tanto desde la academia como desde el activismo apunta a dignificar la vida de las personas, atendiendo fundamentalmente a sus múltiples identidades sexo-genéricas. Esto es impensable sin una atadura fundamental con los derechos humanos. Esta perspectiva permitió una mejor interpretación para ciertos sujetos que tienen intervención política -de los tres poderes, pero también docentes y científicos-.

– En ese sentido, ¿cuál es la relación que hay entre la academia y la justicia?

– La justicia estuvo vertebrada con la ciencia desde sus comienzos institucionales, en el siglo XIX, coincidente con el momento de mayor “cientificidad” del conocimiento. Sin embargo -a diferencia de lo que intentan, por ejemplo, los estudios de género- estos vínculos no siempre fueron liberadores, como en el conocido caso de la articulación que se dio a través de la teoría lombrosiana que criminalizaba determinados rasgos físicos, asociados a cierta etnias. Entonces hay que revisar estos vínculos a la luz de los nuevos derechos y del nuevo significado que cobra la idea de una justicia justa que, evidentemente, tiene que ir absorbiendo los conocimientos y tecnologías que se producen desde el amplio arco de las ciencias.

– ¿Qué puede brindarle la ciencia a la justicia?

– Los aportes de esa relación pueden ser innúmeras, desde el orden de las pruebas hasta la producción de significados en la investigación social que tiene muchísimo impacto en cuestiones relacionadas con la aplicación de justicia en muy diversas circunstancias.

– ¿Y en el caso de los estudios de género?

– El orden jurídico se ha modificado mucho en los últimos años gracias a, desde luego, la agencia por los derechos que han tenido las personas afectadas –que incluyen a mujeres y también sexualidades disidentes- que permitieron acceder a nuevas conceptuaciones. Pero una vez que se han magmatizado estas concepciones diferentes, existen modos de pensar, teorías y conceptos generados desde la academia que impactan sobre los operadores de la justicia. Por eso son tan valiosas las relaciones -de las cuales este conversatorio es una muestra- entre la producción social y humanística y la aplicación de la justicia.

-¿Quisiera citar algunos ejemplos?

-Hace poco tiempo en un juicio de lesa humanidad, quienes juzgaron tuvieron en cuenta las elaboraciones investigativas acerca de historia reciente. En otro caso, un reciente fallo en Mendoza un juez liberó a una familia vinculada al Movimiento Tupac Amaru tomando en consideración los recorridos antropo-sociales de dos investigadoras, en relación a las manifestaciones de los grupos de mujeres y de comunidades en la reivindicación de derechos básicos. Ni hablar de los jueces bien inspirados que han trabajado sobre las elaboraciones de investigaciones realizadas por antropólogos respecto a observaciones sobre ciertas temáticas, como por ejemplo la ocupación ancestral de tierras por parte de los pueblos originarios.

– Este tipo de vínculos tomaría entonces un carácter de formación para el ejercicio de la función.

– Absolutamente. Y no sólo en casos de violencia. Es muy importante el papel que han tenido las mujeres en las comunidades respecto a la agencia por los derechos, por ejemplo. Una revisión profunda de la revisión de la relación ciencia-justicia, tiene que darse cuenta perfectamente de los nuevos derechos y de las nuevas sensibilidades que implican. Esta es toda una dimensión que el derecho tiene que re-aprender e impacta en muchos ámbitos: ¿Cómo deben verse las relaciones de género aún en manifestaciones del derecho comercial o laboral, por ejemplo? Ahí está la necesaria competencia renovada de los aplicadores de justicia, donde la ciencia tiene mucho que aportar.

– ¿Cuál es entonces el mayor desafío dentro de esta relación?

– Tenemos que apostar en este momento a una condición mayor de posibilidad de diálogos entre dimensiones fundamentales de la política como son la vida, la ciencia y la justicia. Hay que volver a enlazar estas dimensiones, lo cual no significa ninguna inocuidad, sino un compromiso más urgente con las formulaciones democráticas y con el objetivo mayor que es contribuir a hacer más digna la condición humana.

 

Por Mariela López Cordero- CCT Córdoba

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