01/03/2014 | DIVULGACIÓN CIENTÍFICA
Demanda social y la culpa femenina
Alejandra Martinez, investigadora de CONICET en el Centro de Investigaciones y Estudio sobre Cultura y Sociedad (CIECS, CONICET-UNC), aborda desde sus
CIECS nota

María (*) habla de su hija de dos años y se le quiebra la voz. “Ella es tan agradecida”, me cuenta, “cuando tengo un rato para estar con ella me dice ‘gracias mamita'”. En la entrevista, que dura casi dos horas, María rompe en llanto varias veces. Casi siempre por lamentar no poder ser una mejor madre para Sofía.

Ella describe cómo es un día promedio de su vida: trabaja de 9 a 18 como administrativa en un call center y a la noche estudia abogacía a distancia. “Siempre fue mi sueño”, me explica y se entusiasma: “Cuando la gorda se duerme me pongo un rato en la computadora, lo que aguanto ¿no? y me pongo a estudiar… no me falta tanto para terminar”. Su marido trabaja como técnico informático en una fábrica que queda cerca de Río Ceballos. Él sale de la casa temprano a la mañana y vuelve casi cuando es de noche. “Él es bueno, me ayuda”, dice María, “me lava los platos, me cambia la nena cuando yo no estoy… la que limpia soy yo, eso si”.

María no puede evitar las lágrimas cuando habla sobre el escaso tiempo que le queda libre para jugar con su hija. Me explica, justificándose: “pero yo tengo que trabajar, porque con mi sueldo yo lo ayudo un poco a él ¿no? si no, no llegamos… y cuando llego a casa tengo que ocuparme de la ropa, la comida…”.

María está cansada, porque duerme muy poco y trabaja mucho, pero minimiza su esfuerzo. Dice que ya está acostumbrada.

Al igual que María, un creciente número de mujeres se ve en la situación de distribuir un tiempo que resulta escaso, en una multitud de tareas de diversa índole. Tener un empleo, atender la casa, criar a los hijos, cuidar la salud e incluso la estética corporal, son obligaciones muy demandantes y que dejan poco espacio para realizar cualquier actividad relacionada con el placer o el descanso.

Sin embargo, María no suele cuestionar su situación de empleada-esposa-madre y ama de casa. En realidad lo que a ella le preocupa es no poder hacerlo todo bien; sobre todo en lo que respecta a su papel de madre. El marido “la ayuda” porque “es bueno”, pero la sola ayuda no alcanza.

Una idea que surge recurrentemente en las expresiones de las mujeres que he entrevistado, como parte de mi trabajo de investigación, es que reciben “ayuda” de sus parejas para realizar las tareas relacionadas con la casa y la atención de los hijos. La palabra “ayuda” da cuenta de un concepto fuertemente arraigado: la casa y el cuidado de la familia son ámbitos puramente femeninos en los que el hombre ingresa sólo circunstancialmente y para realizar algunas tareas puntuales. Desde esta perspectiva, cuando los hombres realizan tareas relacionados con lo doméstico, se aventuran en un espacio ajeno, buscando aliviar a las mujeres de algunas de las cargas que son originalmente de ellas. El espacio masculino, desde esta misma lógica, es el trabajo (rentado) que se desarrolla fuera de la casa.

En consecuencia, aún cuando mujeres como María tienen un empleo de tiempo completo, ellas consideran que es su responsabilidad natural cargar con la mayoría de las tareas relacionadas al mantenimiento del hogar y la crianza de los hijos. Se ubican así en una posición marginal en lo que refiere a la importancia de su trabajo rentado y su aporte económico al hogar. En el caso de María, el sueldo del marido es apenas superior al que ella percibe, pero ella insiste en que lo que ella hace es “ayudarlo” a él a sostener económicamente la casa.

Más de cuarenta años han pasado desde la Segunda Revolución Feminista, y a pesar de todos los avances logrados en el ámbito laboral y público, las mujeres aún sienten que la enorme carga que suponen las actividades hogareñas son principalmente su responsabilidad. Cada vez más mujeres ocupan espacios en ámbitos laborales, educativos y gubernamentales, pero continúan invirtiendo una importante energía y tiempo cuando, al regresar al hogar, deben enfrentar las tareas domésticas y las demandas de los hijos. Peor aún, se auto-juzgan duramente y se sienten evaluadas por otros (la madre, la suegra, las maestras) si no son capaces de desarrollar todas las tareas a su cargo con la misma eficiencia.

La doble jornada hogar-empleo no es una realidad de los varones, quienes aún asumen marginalmente las labores relacionadas con lo doméstico. Existen honrosas excepciones de hombres que se ocupan de las tareas domésticas y la crianza de sus hijos, compartiendo equitativamente estas responsabilidades con sus parejas. Sin embargo, estamos lejos de decir que estos varones sean mayoría.

La revolución feminista es una revolución estancada, como sostiene Catalina Wainerman. Desde los años setenta, existe un aumento de mujeres que deben soportar una doble jornada de trabajo doméstico y extra doméstico, y esta tendencia no ha sido acompañada por un incremento de varones que participen activamente en la vida hogareña. Si bien existen algunos signos esperanzadores entre los varones más jóvenes, la idea persistente de que los hombres que colaboran con las tareas de la casa sólo “ayudan” a la mujer, hace que este involucramiento masculino sea insuficiente.

La doble jornada empleo-hogar, hace que las mujeres sientan un sentimiento de culpa crónico por no poder ser las madres y esposas que la sociedad  les demanda y que ellas mismas están convencidas que deben ser. Esta sensación de “estar en falta” redunda en sentimientos de angustia, frustración, agobio, y tantos otros, que se multiplican, como las lágrimas de María.

 (*) Se han utilizado nombres ficticios para proteger la identidad de la entrevistada.

Por Alejandra Martinez, Dra. en Ciencias Sociales, investigadora de CONICET en el Centro de Investigaciones y Estudio sobre Cultura y Sociedad (CIECS, CONICET-UNC)

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