11/07/2016 | CIENCIAS SOCIALES Y HUMANIDADES
Argentina anárquica
A 16 años de la muerte de Soledad Rosas, militante anarquista de origen argentino, Fernando Aizicson repasa la historia de esta corriente en el país.
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Frente del periódico anarquista "La Protesta" en 1904. Foto: gentileza del Archivo General de La Nación.

En marzo de 1998, María Soledad Rosas, una joven argentina de 24 años, fue apresada en Italia junto a su novio y un amigo, acusados de actos de eco-terrorismo. Los tres eran parte del movimiento squatter que estaba creciendo en Europa y proponía la autogestión a partir de la ocupación de edificios públicos abandonados, con una forma de organización horizontal y un fuerte cuestionamiento al consumismo.

Soledad y sus compañeros se definían como anarquistas y fueron acusados por hechos que nunca se demostraron. La pareja de Soledad, Edoardo ‘Baleno’ Massari apareció ahorcado en su celda. Tres meses después, el 11 de julio mientras cumplía prisión domiciliaria, ella también fue encontrada sin vida. Desde ese momento Sole –que significa ‘sol’ en italiano- y Baleno –que quiere decir ‘rayo’ – se convirtieron en un símbolo de las reivindicaciones anarquistas de Italia.

Mientras tanto, ese invierno en Argentina, las tapas de los diarios pasaban de la visita de los Rolling Stones a la euforia mundialista de Francia ‘98. ¿Es que en esta punta del mundo y a fines de la década del ‘90, no había anarquistas o squatters? ¿O sólo era ignorado por la prensa? A 16 años de la muerte de Soledad, Fernando Aiziczon, investigador asistente del CONICET en el Instituto de Humanidades (IDH, CONICET-UNC) hace un recorrido de la historia del anarquismo en Argentina.

 ¿Qué es el anarquismo?

Es un movimiento de izquierda que nace en Europa, a mediados de siglo XIX, y cuyo máximo referente teórico es Mijaíl Bakunin. Cuestiona al capitalismo y las estructuras jerárquicas de poder que se generaron en el seno de este sistema, principalmente la religión y el Estado. En este último punto chocan no sólo con la derecha sino también con el comunismo que si bien propone una transformación radical del sistema capitalista, busca llevarlo a cabo dentro de esa forma de organización estatal.

¿Cuál era la órbita de intervención de los anarquistas, si no era el Estado?

Siempre estuvieron muy ligados al movimiento obrero, con acciones directas: huelgas generales, tomas de establecimientos, enfrentamiento con los rompehuelgas, la policía o el ejército –que era la única instancia estatal prevista para la resolución de conflictos-. También denunciaban la explotación laboral de la mujer, estaban en contra de la convención del matrimonio y luchaban por la igualdad de género.

¿Cómo imaginaban un cambio tan radical?

Sus reivindicaciones eran totales: destrucción del sistema capitalista y sus estructuras jerárquicas de poder. No había posibilidades de negociación. Esos eran los fines, los modos variaban. Había quienes creían en la acción individual y otros en la intervención colectiva organizada; algunos practicaban métodos violentos y otros estaban en contra de esa forma.

¿Cómo fue el comienzo de estos movimientos en Argentina?

Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX llegó con la inmigración. Los primeros anarquistas eran rusos, polacos, españoles o italianos, en su mayoría. Sin embargo lograron una aceptación muy grande de las bases porque tenían una fuerte vida política e inserción territorial. Fundaban bibliotecas populares y teatros, realizaban actividades con niños y para el tiempo de ocio, editaban libros, daban conferencias…

¿Y esa aceptación se dio también por parte de los trabajadores?

La corriente anarquista fue hegemónica dentro del movimiento obrero, en términos ideológicos y políticos. Eran sumamente combativos, hacían huelgas generales, tomaban fábricas y conmemoraban los primeros de mayo como una jornada de lucha. Tenían una fuerte inserción en sindicatos por lo que en 1901 fundaron la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), que fue el antecedente de la CGT que apareció recién en 1930.

¿Qué repercusiones tenían estas acciones en la esfera pública?

Tenían mucho impacto. La importancia que tenía el anarquismo en la vida política de nuestro país a principios del siglo pasado era tal que, por ejemplo, el primer centenario de la revolución de Mayo en 1910, se celebró bajo estado de sitio para contener la combatividad de la clase obrera influida por este movimiento.

¿Hasta cuándo duró este lugar hegemónico?

Ya a mediados de la década de 1910 comienza a decaer y para 1930 prácticamente los movimientos anarquistas habían dejado de existir. Las principales causas de este ocaso fueron las leyes de Defensa y de Residencia, la fuerte represión estatal y la competencia por parte de otras corrientes de izquierda. A eso se le suma la falta de participación posible de las ideas anarquistas en el nuevo escenario que surge a partir de la Ley Sáenz Peña y, finalmente, los avances del yrigoyenismo en materia de derechos laborales, que se incrementan durante el peronismo.

¿Qué eran las leyes de Residencia y de Defensa Social?

Éstas fueron aprobadas en 1902 y en 1910, respectivamente. Más allá de las particularidades de cada una, establecían que cualquier persona que llevara a cabo actividades peligrosas debía ser apresada o deportada sin juicio previo. En la práctica fue una herramienta muy poderosa de persecución y eliminación efectiva de militantes anarquistas. A esto había que sumarle la feroz represión policial, los fusilamientos y la acción de grupos de derecha, como la famosa Liga Patriótica que surgió de las elites dominantes y a partir de la década del 20 comenzó a funcionar como fuerza paraestatal que perseguía y asesinaba sistemáticamente a militantes anarquistas.

¿Qué acciones eran consideradas peligrosas?

Un movimiento que pretende derribar el sistema reinante en su conjunto era visto como un riesgo, principalmente por las clases dominantes. Además los anarquistas no tenían patria y para una nación que se está conformando un sujeto que niega la identidad nacional es un peligro. Encima había un sector de estos militantes que vengaba los asesinatos y torturas policiales con acciones violentas, como por ejemplo el atentado donde muere el jefe de policía Ramón Falcón perpetrado por Simón Radowitzky.

¿Cómo impactó la Ley Sáenz Peña?

Ésta fue aprobada en 1912 y aplicada en 1916, cuando Yrigoyen fue elegido presidente. Estipulaba el voto obligatorio y universal –para varones mayores de 18 años-, lo que era percibido como una pérdida de poder de las elites que habían gobernado hasta entonces. Esto implicó que los anarquistas se quedaran sin prédica ya que no existía la posibilidad de integrarse a ese sistema que empezaba a configurarse como más inclusivo. Los socialistas y los comunistas sí formaron partidos, se presentaron a elecciones y pretendían realizar modificaciones desde el parlamento. El anarquismo no, queda completamente afuera.

Entonces, la represión, la deportación y el encarcelamiento de militantes anarquistas, sumados a los avances en materia laboral, cierta apertura política y a la competencia de otros movimientos de izquierda, terminaron con el anarquismo en Argentina…

Como movimiento hegemónico sí. Después de los años ‘30 ya no vuelve a haber un grupo anarquista fuerte en Argentina. Quedan resabios, pero nunca más vuelve a ocupar una posición dominante en la vida política del país. Después se convirtió en una corriente cuasi simbólica, que tiene mucho que ver con la literatura existente y que gira en torno a la construcción de una épica del militante anarquista, que son personajes históricos que llevan a cabo acciones presentadas como heroicas.

Y en los años ´90, mientras en Italia tenía lugar la persecución de militantes anarquistas, como el caso de María Soledad Rosas, ¿qué pasaba en Argentina?

Aquí, si bien comenzaba a haber movimientos de resistencia al neoliberalismo de la época, relacionados o no a corrientes de izquierda, el anarquismo en particular ya se había constituido en un fenómeno idealizado. Los resabios anarquistas de esta época tienden a conformar micro-mundos para hacer frente a un sistema con el que no acuerdan, pero sin intentar derribarlo; no tienen proyección política, ni un programa de intervención y están alejados del movimiento obrero. Ya no responden a un anarquismo clásico, aunque conservan el concepto de autogestión. Lo curioso de esta época es que a pesar de haberse perdido como corriente política comienza a ser muy vigorosa como objeto de estudio académico.

 

Fernando Aiziczon es historiador e investigador asistente del CONICET. Ha publicado libros sobre autogestión obrera y numerosos artículos que abordan temáticas relacionadas con la acción colectiva, la protesta social y el rol de los militantes en las mismas en la historia argentina de las últimas 2 décadas. En la actualidad desempeña sus actividades científicas en el Instituto de Humanidades (IDH, CONICET-UNC) y es docente en el Departamento de Antropología, Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba.

Por Mariela López Cordero

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